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domingo, 17 de diciembre de 2017

Miguel Ruiz Martínez: Sobre Antonio Gracia




Antonio Gracia es un escritor, un poeta, al que he seguido, durante bastantes años, a través de la amistad y de la literatura. Bien es verdad que nuestros encuentros han sido intermitentes. 

- Recuerdos. Un colegial en dos colegios
Conozco a Antonio desde el aula de tercer curso de un colegio de Orihuela, el Oratorio Festivo de San Miguel, Escuela Preparatoria. Del Oratorio pasó a otro colegio, también de nombre santo, Santo Domingo. Estando por sus aulas, descubriendo los lugares más altos y celestes del edificio dominico y, sobre todo, los más escondidos, que antes ya habían explorado con bastante aprovechamiento otros colegiales como Gabriel Miró y Miguel Hernández, le fue viniendo la afición desmesurada por la lectura, lo que le condujo de manera ineluctable a la literatura, disciplina y vivencia de la que nunca ha salido. 

María, si vas al baile
     Practicando el viaje en autostop, en la solana del Sistema Central, no lejos del pueblo de San Martín de Valdeiglesias, un día en que no paraba ni camión ni coche ante los autoestopistas, caminábamos Antonio y yo recordando a Lázaro de Tormes y al ciego, esperando que nos salieran al camino las serranas bruscas de Juan Ruiz y las más delicadas serranillas del marqués de Santillana,  cerca de unos viñedos que lucían uvas negras y rojas casi maduras, era verano, vimos venir, bajando una cuesta suave, a un labrador sentado a la jineta sobre las alforjas. Creo que iba bebiendo vino de una bota de vez en cuando, con mucha solvencia, lo cierto es que cantaba una canción popular, digna de los mejores cancioneros, que decía así:
               María, si vas al baile,
               y te preguntan por mí,
               diles que estoy en el cielo
               por un beso que te di.

Resonaba la canción en la paz de los campos amenos insertos en las arrugas de las estribaciones de las sierras. Y en esto paró un camión al ver el dedo pulgar de nuestras manos derechas en alto. Y eso sin que Antonio fingiera una cojera en esos momentos para motivar discretamente el ejercicio de la solidaridad por parte de los conductores.

Por Salamanca y Ávila. En busca de Oniria
Una de las dos veces que he estado con Antonio Gracia en Salamanca la visitamos durante varios días, haciendo él de experto cicerone. De la biografía de nuestro escritor se sabe que cursó estudios universitarios allí precisamente. Recuerdo, entre algunas borias, una pensión como sacada de la picaresca del siglo XVI; las 2 universidades, la genuina y la Ponti; a Miguel de Unamuno agobiado por los huecos de su existencialismo y del bronce de su escultura; a Fray Luis de León, muy sereno, que decía algo de ayer en su aula desde la cátedra;  las catedrales, la Vieja y la Nueva, la calle de Franco antes Toro; la arquitectura plateresca y la barroca; la casa de las Muertes, la casa de La Celestina, la de Melibea, la de Calisto; la maravilla de la Plaza Mayor, la rana sobre la calavera, Anaya; la puente del verraco, el Tormes, sus orillas verdes junto a aguas murcias, las alamedas; la visión impresionante de Salamanca desde el otro lado del río, el sol de la tarde reflejándose en la piedra rosa de los monumentos de la ciudad allá lejos; las agujas de las torres de la catedral pinchando el cielo, reluciendo Salamanca en el espejo de las aguas fluviales. Recuerdo que ayudé, eso creo, a Antonio, a buscar a Oniria por las rúas de la ciudad salamanquesa, por las fachadas, por el aire que nos rodeaba. Y tras buscarla por Salamanca llegamos a Ávila continuando la búsqueda por dentro y por fuera de las murallas. 

- Sobre la obra del escritor 
¿Qué diré de la obra de nuestro homo scriptor? Antonio Gracia es un escritor formado o deformado en Orihuela, según se mire, o quizá las dos cosas a la vez. Emigrado y residente en Alicante.  Autor de una extensa y original obra poética que ha merecido, desde hace décadas, la atención de los lectores, el elogio de la crítica y varios prestigiosos premios entre los cuales están el Vicente Martín, el José Hierro “Alegría”, el Paul Beckett, el Fernando Rielo, el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana.
     Para acercarnos a la obra de Antonio Gracia me referiré primero al concepto que de ella tiene el propio autor, a continuación veremos qué apunta  un crítico eminente, en tercer lugar expondré la visión que se ofrece en El libro de plomo. Y terminaré con unas pinceladas personales.

Su propia opinión
En la solapa de La urdimbre luminosa, 2007, cerca de la dedicatoria que dice “Para mi amigo Miguel, esforzado sufridor de viajes por el mundo y utopías concretas”, anota Antonio Gracia: 
     Escribir es buscar la íntima identidad. Puedo dividir mi vida en dos tramos. Uno autodestructivo, recogido en Fragmentos de identidad; otro, reconstructivo, a su vez divisible en una primera fase de cauterización (Hacia la luz, Libro de los anhelos y Reconstrucción de un diario, en el que, por fin, me libero de la hiperestesia de una historia obsesiva y guadiánica) y otra de pretendido eglogismo psíquico (La epopeya interior, El himno en la elegía, Por una elevada senda). Si primeramente mi escritura no conseguía evitar lo que sentía, ahora me esfuerzo, ya que no consigo callarme, en escribir lo que me gustaría sentir. No es un autoengaño, sino una divisa: una batalla que se sabe perdida pero que distrae de la derrota mientras dura el combate.

     En una entrevista colgada en Mientras mi vida fluye hacia la muerte, su blog, noviembre de 2016, ante la pregunta de una linda entrevistadora, el autor de Lejos de toda furia decía:
     Naturalmente yo no me he leído a todos los poetas y menos aún todas sus obras. Pero según me dicen parezco ser uno de los pocos o el único que, quizá sin proponérmelo, ha creado un mundo propio con su paraíso, infierno y purgatorio. El existencialismo o fatalismo agonista me viene de ser un buscador que odia encontrar porque no hay más grande dolor y desengaño que un sueño al realizarse; por eso la muerte se convierte en mi obra en un espacio donde transcurre mi existencia, en la cual Oniria es la Beatriz que me daría un Paraíso en el que ni creo ni espero, y en el que el suicidio es la única salida imposible. Imposible porque me impediría construir una escritura, que es la única redención que me anima a la esperanza y que me desespera porque me hace saber que, como todos los que se piden demasiado a sí mismos, mi futuro se acabaría allí donde la pluma se detiene.

El análisis de un crítico 
¿Qué dicen los estudiosos de la obra de Antonio? Una pléyade de críticos ha destacado sus trabajos dentro del panorama de la poesía española desde la década de los ochenta. Ángel Luis Prieto de Paula, Luis Bagué Quílez, Ángel Luis Luján, Joaquín Juan Penalva, José Luis García Martín, José Luis Zerón y otros, han analizado trilladamente sus obras. 
  Del prólogo de Prieto de Paula a Devastaciones, sueños, 2011, titulado “Antonio Gracia contra las estrategias de la muerte”, fusilo algunas características:
-Su escritura es la expresión de su auténtico yo: 
          Nunca escribí para encontrar belleza,
          sino para aliviar el sufrimiento. 
          No hay más alta belleza que el sosiego, 
          y en el sosiego está la plenitud.

-A efectos poéticos es alguien que se siente excepcional -al margen del mundo-. Su escritura surge principalmente de su intimidad.
-Sus trabajos irradian una personalidad intensísima que casi borra otras señales del mundo. El mundo es la estancia de su yo, un yo inflamado, sobreabundante, irrestricto, soberbio, egregio, inacomodado y generador él mismo del mal del que se ocupa la poesía.
-Es un poeta movido por el furor compulsivo de la supervivencia del arte: la escritura puede plasmar la parte de ese yo susceptible de animar un objeto artístico exento.
-Percibe la existencia como un fracaso.
-El descalabro existencial del ser para la muerte encuentra compensación en la proyección intemporal de su actualización artística
-Persigue un arte no vinculado a la circunstancia, sino liberado del tiempo, capaz de afectar a cualquier sensibilidad de cualquier época. Una visión idealista que contiene en su interior el germen de la decepción ya que no existe un arte ucrónico y estático que diga siempre su canción, la misma canción a todos los hombres.

La visión de El libro de plomo
El libro de plomo, de José Aledo y José Luis Zerón, señala a través de sus páginas la influencia de  nuestro poeta en la vida cultural oriolana, concretada, de alguna manera, a través de la dilatada vida de la Revista Empireuma.

Desde mi punto de vista, subjetivo y desordenado,  constato en la obra de Antonio Gracia, entre otros aspectos:
-El esfuerzo, a veces sobrehumano, por elevarse desde la muerte a la vida, por transformar la elegía en himno.
-La capacidad de integrar en su obra, a su manera, los mitos griegos y los relatos bíblicos.
-El afán didáctico a lo largo de su trayectoria, concretado, por ejemplo, en Mientras mi vida fluye hacia la muerte, su blog, y en  su libro La construcción del poema.
-El logro progresivo de la serenidad consciente y por lo tanto voluntarista.
-La insistencia en predicar el Arte como un bien superior, concretado sobre todo en la Literatura, la Pintura y la Música.
-La definición del binomio escritura y salvación.
-El dominio riguroso de la palabra y el verso.

Y hasta aquí. 
                                 Ateneo de Alicante 1-XII-2017 (Resumen)
                                            Miguel Ruiz Martínez

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Hawks: Luna nueva





Inteligente e hilarante comedia de las muchas que dirigió Hawks e interpretó Gary Grant. Al fondo, las relaciones matrimoniales y el periodismo.

lunes, 11 de diciembre de 2017

El arte abstracto es concreto


Por muy abstracto y autónomo que pretenda ser, el arte siempre es figurativo, puesto que el espectador, oyente o lector acaban dibujando mentalmente una figura para visualizar el magma de sus percepciones, una efigie en la que concretar su reacción ante la imagen, el sonido o el poema. De modo que bien puede decirse que la abstracción es una concreción síquica; y esto es lo único que existe para cada individuo, incluido el autor; quien, al fin y al cabo, solo lleva a la retina, el oído o el entendimiento lo que vislumbra, también magmáticamente, en la penumbra de su numen.
Y si el mundo es como lo representamos, toda representación es figurativa, incluso la de un sonido, una palabra, un color.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El abrazo en el catre

Rossini: Dúo de gatos


Hace años que X y Z tienen encuentros eróticos, con beneplácito de ambos, ya que con su gimnasia sexual descansan sus cuerpos y sosiegan sus mentes. En los últimos tiempos los encuentros se han convertido en encontronazos verbales tras la erotomanía. Ahora, en vez de pensar en si pierden más que ganan poniendo fin a su historial orgasmático, discuten continuamente sobre el porqué de lo que ocurre. El uno le dice al otro: 
- ¡Tú tienes la culpa! 
Y el otro le dice al uno:
- ¡La culpa la tienes tú!
     Esos son sus únicos argumentos. Uno de ambos, por fin, sugiere:
- En cuanto salimos de la cama empieza la vida que no sabemos vivir: la convivencia. Quien presume de tener "muchas cuartetas" o "muchos tortillos" está gritando en realidad que carece de neuronas. Así que por muy bien que conversen los gólgotas y los jesucristos -diálogo imprescindible para la buena crucifixión amórica- nada dicen si luego el corazón es un egoísta empecinado.
- ¡La culpa la tienes tú!
- ¿Y si yo digo que "Tú tienes la culpa" desaparece el problema?
- ¡Es que la culpa la tienes tú!
- ... Vale... Puesto que somos tan necios que anteponemos el malestar del amor propio al bienestar del amor natural -sexo amoroso, o lo que sea que sentimos-, nos merecemos perdernos mutuamente. Nuestra necedad nos impide ver que la suma de bienestares en común ha sido, y sería, mucho mayor que la de los malestares. Y que será difícil encontrar a quienes nos sustituyan y nos complementen con la misma intensidad que nos complementamos.
     No obstante, el otro de los dos persiste en avivar el rencor con las armas de la obstinación, hablando sin dejar hablar. Así que, ante tanta contumacia, el uno de los dos le dice al otro de los dos -o el otro que queda sin el uno le dice al uno que suma dos con el otro-:
- Ya que me obligas, lo diré: la única causa de esta ruptura es que no te soporto fuera del catre y me inventé un motivo de disputa para justificar mi adiós. No basta con poseer solo inteligencia lujuriosa. Se precisa una buena estrategia conversacional: callar cuando hay que escuchar. Que aprendan a hablar las mentes como aprendieron los cuerpos.
    

jueves, 7 de diciembre de 2017

No aconsejarás

Brahms: Festival académico

Todos sufrimos las consecuencias de nuestros errores; todos quisiéramos no haberlos cometido; pero casi ninguno aceptamos que nos los señalen ni siquiera como signo de amistad y buen consejo. 
     A veces aconsejamos que es mejor hablar despacio que deprisa, que es mejor la conversación que la disputa, que hay que aminorar la prisa instalada en los genes sociales y personales, o que no hay que defender ni condenar a gritos al Sire Puigdemong sino aplicarle la ley, único dios ordenador de este mundo. Otras veces indicamos -porque nos lo preguntan- simplemente que un atuendo favorece más que otro, o que un verso disuena del conjunto... 
     Da igual: quienes nos oyen acaban sintiéndose molestos y criticados en vez de entender que solo les señalamos -y solamente en nuestra opinión- cómo mejorar. No admitimos que a veces hacemos mal esto o aquello porque así nos lo enseñaron; no queremos admitir que es simple cuestión de rectificar lo que aprendimos.      
     Y así, por dejación, el mundo se convierte en una bola de nieve que acumula errores destructivos con los que arrasa la convivencia.
     Cuánta prisa y ansiedad por tener razón aun sin razones, con lo fácil que es razonar y concluir que es de sabios rectificar y de necios persistir en la equivocación. Cuánta necedad en la defensa del egotismo y el olvido de la íntima humildad y el propio bien.
     La segunda vez que asistí a un claustro de profesores oí tantas sandeces y obviedades que, al terminar, escribí en el panel de sugerencias que los claustros tenían un valor terapéutico porque producían la sensación de ser más inteligente. La vez siguiente anoté que, puesto que todos los claustros eran igual y plúmbeamente profilácticos, debía grabarse el próximo y darnos una copia a cada profesor, con lo que se evitarían pérdidas de tiempo y de tumultos.
     Así es como, por decir escuetamente lo que pensaba, empecé a ganar amigos también entre mis semejantes de la docencia. No contaba yo con que a la hora de los claustros, mañaneros, los enseñantes no encontraban el libro inadecuado, ni el partido futbolero imprescindible, sino la discusión edificante con el oíslo de turno.
     "Esto es el mundo", me díjeme diciéndome, y se está pudriendo en la calle, la tele y la familia, repítome que me díjeme diciéndome.
     Hoy, como todo se cuece en las aulas y en la tele, y los ministros respectivos suministran materiales corrosivos para la educación, todo el mundo corre hacia ninguna parte, habla sin saber qué, e incluso se molesta si le aconsejas que piense antes de decir o hacer algo impensable. En fin: que casi todos odian a quienes les dicen lo que yo estoy diciendo (que, por cierto, es solo una opinión perspectivesca).